Mujeres que volvieron a jugar bajo la luna

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Hay historias que no caben en un número. Pero a veces los números ayudan a entender la magnitud de lo que se ha vivido: 5.121.257 mujeres reconocidas como víctimas del conflicto armado en Colombia. De ellas, más de un millón se autorreconocen como afrocolombianas. Mujeres que huyeron de sus territorios ancestrales, que perdieron sus cultivos, sus redes comunitarias, su soberanía alimentaria, y que llegaron a las periferias urbanas cargando el peso invisible del racismo histórico-estructural.

Entre ellas están las integrantes de La Comadre —la Coordinación de Mujeres Afrocolombianas Desplazadas en Resistencia—, una organización autónoma de aproximadamente 7.000 mujeres presentes en 27 territorios de 14 departamentos de Colombia. Veinte años de lucha colectiva para que el Estado colombiano reconozca que lo que vivieron no fue solo violencia: fue un daño diferenciado, acumulado y sistemático, inscrito en siglos de racismo.

Un diplomado que fue mucho más que formación

Cuando en 2025 la ruta institucional de reparación colectiva quedó suspendida por un cambio administrativo en la entidad estatal responsable, La Comadre no esperó. Junto a la Universitaria Agustiniana (Uniagustiniana), diseñaron de manera participativa un Diplomado en Fortalecimiento de Capacidades para la Justiciabilidad de Reparaciones Colectivas Transformadoras. Cuarenta talleres virtuales, cuatro regiones del país, dos noches a la semana —porque de día, estas mujeres trabajan, cuidan, resisten.

Se inscribieron 237 lideresas. El 62% solo había llegado al bachillerato. El 92,4% vive en los estratos socioeconómicos más bajos. Para muchas, fue la primera vez que pisaban —aunque fuera virtualmente— un espacio de educación superior.

El 28 de octubre de 2025, 230 mujeres se graduaron en el auditorio de la Defensoría del Pueblo en Bogotá. Con toga, estela y birrete. Con el peso de todo lo vivido y la certeza de que sus voces son conocimiento legítimo.

El viche como acto político y cultural

En Río Iró (Chocó), en Girón (Santander) y en Riohacha (La Guajira), el acompañamiento fue más allá del aula. Equipos de la Uniagustiniana trabajaron junto a las mujeres de La Comadre para fortalecer sus emprendimientos populares. En el corazón de ese proceso: el viche, bebida ancestral del Pacífico colombiano, patrimonio cultural y motor de autonomía económica.

Se construyó una red de productoras, se gestionaron certificados de acreditación, se creó la marca Pazifico, se consiguieron recursos para la Fundación de Mujeres Víctimas de Río Iró.

Lo que era un saber transmitido de generación en generación se convirtió también en un proyecto de vida colectivo.

Un latido que no se detiene

El resultado más importante no está en los informes: está en las mujeres que hoy saben que sus testimonios son fuente de verdad, que sus saberes son fuente de conocimiento, y que su organización es fuente de poder.

Desde ARCORES acompañamos este proceso porque creemos que la solidaridad no es caridad: es reconocimiento. Reconocer que estas mujeres llevan décadas exigiendo lo que les corresponde, y que cada vez que lo hacen, están latiendo en misión.

¿Quieres sumarte a este latido? Tu solidaridad puede seguir trenzando futuros.

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