Un pedacito de cielo en Fortaleza

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Los últimos días en el Lar Santa Mónica de Fortaleza han tenido un sabor especial, como cuando uno sabe que cada momento se vuelve más intenso porque está llegando el final. El barullo llenaba el Lar desde temprano, voces que me llamaban por el nombre, manos pequeñas que buscaban ayuda para terminar una actividad o simplemente para sentirse acompañadas. Entre juegos, conversaciones y pequeños conflictos cotidianos, fui descubriendo que la misión no estaba en hacer algo extraordinario, sino en estar presente de verdad.

Recuerdo especialmente las tardes en las que nos sentábamos a crear juntas: origami, dibujos, pequeños detalles hechos con paciencia. Algunas niñas se concentraban en silencio y otras hablaban sin parar, contando historias del colegio. En medio de esa bulla alegre, aprendí que cada actividad era una oportunidad para que ellas se sintieran capaces, vistas y valoradas. No era solo enseñarles algo , sino decirles sin palabras: “tú puedes”.

El Colegio

El acompañamiento al colegio también me marcó mucho estos últimos días. Entendí mejor sus desafíos diarios, sus esfuerzos por aprender y su necesidad profunda de alguien que crea en ellas.

Hubo momentos muy concretos que me tocaron el corazón: una niña que insistía en enseñarme algo nuevo aunque no le saliera perfecto; otra que, en medio del ruido, se acercaba solo para quedarse en silencio a mi lado; los abrazos inesperados al final del día, como si quisieran guardar un pedacito de ese tiempo juntas. Las bullas, que al principio parecían puro caos, se convirtieron en un lenguaje de vida, en una expresión de confianza y alegría que también me transformaba.

Desde la fe, estos días han sido una escuela viva del Evangelio. He comprendido que Jesús también habría caminado entre estas risas, estas preguntas y estas historias sencillas. Me di cuenta de que la vida cristiana se construye en lo cotidiano: al escuchar con paciencia, al corregir con ternura, al volver a empezar cuando algo no sale bien. Las niñas me enseñaron que Dios se revela en lo pequeño, en la espontaneidad y en la capacidad de seguir sonriendo aun cuando la vida no siempre es fácil.

Nuestro voluntariado

Hoy miro hacia atrás y siento que el impacto más grande no ha sido algo visible, sino una transformación interior. Llegué con el deseo de acompañar y me voy sabiendo que también fui profundamente acompañada. Las bullas, las actividades compartidas y las vivencias del colegio han dejado en mí una certeza: la misión no termina cuando uno se despide físicamente; continúa en la forma nueva de amar, de mirar y de confiar.

Me llevo sus risas, sus historias y sus abrazos como una oración viva. Y en medio de la nostalgia, queda una paz profunda: Dios estuvo presente en cada detalle, y lo que sembramos juntas seguirá creciendo, aunque los caminos ahora tomen direcciones distintas.

 

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